Economía de la innovación · Economía del conocimiento · 6 min de lectura

Espectadores de la disrupción: México importa la tecnología, pero no el conocimiento

Por cada dólar que México cobra por propiedad intelectual, paga cerca de doce. Vivimos la disrupción desde la tribuna: importamos tecnología sin apropiarnos del conocimiento. La salida pasa por cómo aprendemos.

Por Jesús Á. Álvarez · corte al

Número cero. Con esta entrega arranca Pulso de Cambio, una columna sobre innovación, tecnología y economía del conocimiento en México y América Latina.

La nueva normalidad

La disrupción es la nueva normalidad. Pareciera que fue ayer cuando este término, “nueva normalidad”, se incorporó a nuestro vocabulario, pero no es así. Hoy, mientras me encuentro frente a mi computadora, tomando una taza de café en punto de las 7:00 a. m. del 18 de octubre de 2026, han pasado ya seis años y diez meses. Más de un lustro, a nada de convertirse en una década, desde que en Wuhan, China, el virus SARS-CoV-2 (Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus 2) cambió nuestra realidad para siempre.

Poco más de un mes después, la enfermedad por coronavirus llegó al continente americano; nuestro vecino del norte fue el primer afectado. Treinta y siete días más tarde tocó el suelo de la Patria Grande, y el Gigante del Sur (Brasil) fue el primero en sufrirla. Tan solo un día después, la región más transparente del aire, nuestro país, el valle de Anáhuac, México pues, ya formaba parte de la lista de naciones afectadas.

Desde aquel momento, nada ha sido “normal”. A unas semanas de cumplirse tres años del inicio de la pandemia, OpenAI lanzó ChatGPT el 30 de noviembre de 2022: un asistente basado en el modelo de lenguaje GPT-3.5, disponible a través de una interfaz conversacional gratuita (OpenAI, 2022). Con ello desató una nueva pandemia y, con ella, un cambio de era: la de la disrupción digital.

La inteligencia artificial (IA) no es nada nueva. Sus estudios fundacionales se remontan a la década de 1940, cuando el neurofisiólogo Warren McCulloch y el matemático Walter Pitts crearon el primer modelo matemático y lógico de una neurona artificial (McCulloch y Pitts, 1943). Pero todo esto ya lo sabemos. Tras casi cuatro años de IA generativa al alcance de todos, conocemos sus orígenes, su funcionamiento y sus mejores prácticas. Además, contamos con marcos regulatorios y paradigmas de aprendizaje que nos permiten una adopción ética y eficiente (¡ups!).

Esta nueva normalidad ha implicado un cambio vertiginoso en las economías. No hablo solo de las cadenas de valor globales, sino también del comportamiento de las MiPyMEs, de los consumidores y de la forma en que tomamos decisiones. Hablo, sobre todo, de lo más importante desde mi perspectiva como profesional de la educación: la manera en que aprendemos y compartimos el aprendizaje.

Del dicho al hecho

Esta vorágine de cambios trajo consigo conceptos como el tecnofeudalismo, que sirven para confirmar lo evidente: nuestra realidad se ha convertido en una genuina película de ciencia ficción. Probablemente, mientras escribo estas líneas, alguien en algún laboratorio evalúa cómo esparcir en el sistema nervioso sensores inalámbricos del tamaño de un grano de polvo que registran su actividad mediante ultrasonido (Seo et al., 2016). O cómo cultivar, sobre chips de silicio, neuronas que, conectadas a un videojuego, aprenden a jugar Pong (Kagan et al., 2022). O cómo mantener, dentro de un procesador cuántico, fases de la materia que oscilan una y otra vez sin llegar nunca al equilibrio: los llamados cristales de tiempo (Mi et al., 2022).

Suena impresionante, ¿no es así? Y lo es. Con avances como estos podríamos erradicar las enfermedades neurológicas, construir supercomputadoras biológicas de una eficiencia energética extrema o blindar la encriptación de datos contra cualquier ciberataque. En ese caso, como diría mi gran amiga Belinda Carlisle, podríamos asegurar que heaven is a place on earth (ella no sabe que es mi amiga, pero me gusta pensar que lo es).

Sin embargo, como decimos en mi pueblo: del dicho al hecho… Hoy nada nos garantiza que, con la tecnología que se intenta desarrollar, no terminemos por perder la privacidad del pensamiento. Tampoco que no acabemos en una sociedad controlada por corporaciones o gobiernos totalitarios (un momento… ¿han escuchado hablar de las redes sociales?). Otra posibilidad, que en lo personal me preocupa mucho, es que el Estado que domine la computación cuántica inutilice las redes de defensa tradicionales y alcance una ventaja bélica asimétrica. Así es: si está dentro de sus posibilidades, construya su búnker en casa o, al menos, compre todo el papel higiénico que pueda (seguro de algo ha de servir).

Desde la tribuna

Utópico o distópico, el escenario comparte un rasgo que casi nunca se menciona: México aparece en él como espectador. Las cifras lo dicen con más claridad que cualquier película. El 19.3% de nuestras exportaciones manufactureras son de alta tecnología (Banco Mundial, 2024). Sin embargo, 55.8% del valor de la llamada manufactura global, la que produce para exportar, proviene de insumos importados (INEGI, 2025). Exportamos productos tecnológicos armados con conocimiento ajeno. Participar en las cadenas globales de valor podría ser una escuela: ahí se aprende a producir con estándares mundiales, siempre que existan capacidades para absorber ese aprendizaje (Pietrobelli y Rabellotti, 2011, como se citó en Jasso y Torres, 2025). Pero participar no es aprender, y nosotros ocupamos sobre todo el segmento que ensambla, no el que diseña.

La propiedad intelectual cuenta la misma historia: por cada dólar que México cobra por el uso de patentes, licencias y marcas, paga cerca de doce (Banco de México, 2026). Y la inversión extranjera, que a menudo se presenta como la puerta de entrada a nuevas capacidades, tampoco lo está siendo. En el primer semestre de 2026, 88.5% de la inversión extranjera directa fue reinversión de utilidades y apenas 7.8% inversión nueva (Secretaría de Economía, 2026). Se profundiza lo instalado; no llega lo que todavía no sabemos hacer.

Dicho sin rodeos: somos espectadores de una disrupción tecnológica diseñada por otros.

Somos espectadores de una disrupción tecnológica diseñada por otros.

Ser espectador tiene un costo. Transferir tecnología no es solo comprarla: incluye adoptarla, adaptarla, asimilarla y, con el tiempo, apropiarse de ella (Jasso y Torres, 2025, p. 16). Cuando nos quedamos en la compra, pagamos dos veces: primero con divisas, después con dependencia. Las decisiones sobre cómo funciona una plataforma, qué datos recoge o qué aprende un modelo se toman en otro lado, con otras prioridades y para otros contextos. Cuando esa tecnología entra a nuestras aulas, empresas y oficinas de gobierno, entra con supuestos que nadie aquí discutió.

Espíritu, no naturaleza

Pero no todo está perdido, amable lector. El hombre [la humanidad] es sobre todo espíritu, o sea, creación histórica y no naturaleza, decía Antonio Gramsci (1916/1998); es decir, no hay nada absoluto. Ni la dependencia tecnológica es un destino, ni la tribuna es un lugar asignado para siempre. Esta vorágine de información tiene una y solamente una forma de abordarse de fondo. Es una estrategia a menudo menospreciada, tomada por algo secundario o sujeta al statu quo: la educación, entendida como el proceso de construcción del pensamiento que moldea el comportamiento de las personas.

Este fenómeno social antiquísimo ha permanecido al margen de la historia en cuanto a sus métodos y paradigmas. Y eso es paradójico, porque al mismo tiempo es la génesis de cuanto desarrollo científico y tecnológico hemos experimentado. La razón es concreta: la tecnología existe en dos formas. Una es codificada y vive en máquinas, licencias y manuales; la otra es tácita y vive en las habilidades y la experiencia de las personas (Nonaka y Takeuchi, 1995; Polanyi, 1966; como se citaron en Jasso y Torres, 2025). La primera se puede importar; la segunda se aprende aquí o no se tiene. Corea, por ejemplo, importó tecnología y, al mismo tiempo, invirtió en aprender a usarla y a mejorarla (Westphal et al., 1985, como se citó en Jasso y Torres, 2025). Por eso, hoy más que nunca, es preciso replantear cómo aprendemos, desde la estimulación temprana en la primera infancia hasta los hoy tan afamados procesos de upskilling y reskilling.

Conviene decir lo que este argumento no resuelve. La educación no sustituye la inversión en investigación y desarrollo, ni el crédito, ni una política industrial; sin ellas, formar talento puede terminar en exportarlo. Tampoco toda tecnología importada es un problema: rentar lo que otros hacen mejor es sensato. El riesgo está en rentarlo todo y no aprender nada en el proceso.

Detrás de cada una de estas cifras hay personas: estudiantes, docentes y trabajadores que usan todos los días herramientas que no ayudaron a diseñar y cuyo efecto nadie ha medido. De eso trata la siguiente entrega: si vamos a apostar por la educación, ¿cómo sabemos que la tecnología educativa que adoptamos de verdad enseña? Mientras tanto, le dejo una pregunta para su organización: de la tecnología que usa todos los días, ¿cuánta podría haberse diseñado aquí, y qué le haría falta a su equipo para lograrlo?

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Fuentes

  1. Banco de México. (2026). Balanza de pagos, enero-junio de 2026 [cuadro analítico, Sistema de Información Económica].
  2. Banco Mundial. (2024). Exportaciones de alta tecnología (% de las exportaciones de manufacturas): México.
  3. Gramsci, A. (1998). Socialismo y cultura. En Para la reforma moral e intelectual. Los Libros de la Catarata. (Trabajo original publicado en 1916).
  4. INEGI. (2025). Valor agregado de exportación de la manufactura global, 2024 (Comunicado de prensa núm. 155/25).
  5. Jasso, J., y Torres, A. (2025). Innovación y conocimiento: Reflexiones y propuestas para una agenda de investigación. En J. Jasso (Coord.), Innovación y conocimiento: Transferencia de tecnología, capacidades y dilemas globales (pp. 13–32). Fondo de Cultura Económica; Universidad Nacional Autónoma de México.
  6. Kagan, B. J., Kitchen, A. C., Tran, N. T., Habibollahi, F., Khajehnejad, M., Parker, B. J., Bhat, A., Rollo, B., Razi, A., y Friston, K. J. (2022). In vitro neurons learn and exhibit sentience when embodied in a simulated game-world. Neuron, 110(23), 3952–3969.e8.
  7. McCulloch, W. S., y Pitts, W. (1943). A logical calculus of the ideas immanent in nervous activity. The Bulletin of Mathematical Biophysics, 5(4), 115–133.
  8. Mi, X., Ippoliti, M., Quintana, C., Greene, A., Chen, Z., Gross, J., Arute, F., Arya, K., Atalaya, J., Babbush, R., Bardin, J. C., Basso, J., Bengtsson, A., Bilmes, A., Bourassa, A., Brill, L., Broughton, M., Buckley, B. B., Buell, D. A., . . . Roushan, P. (2022). Time-crystalline eigenstate order on a quantum processor. Nature, 601(7894), 531–536.
  9. OpenAI. (2022). Introducing ChatGPT.
  10. Secretaría de Economía. (2026). México registra un máximo histórico de Inversión Extranjera Directa (IED) para un primer semestre: 34 mil 968 millones de dólares en 2026.
  11. Seo, D., Neely, R. M., Shen, K., Singhal, U., Alon, E., Rabaey, J. M., Carmena, J. M., y Maharbiz, M. M. (2016). Wireless recording in the peripheral nervous system with ultrasonic neural dust. Neuron, 91(3), 529–539.

Cómo citar esta columna

Álvarez González, J. Á. (2026, 18 de octubre). Espectadores de la disrupción: México importa la tecnología, pero no el conocimiento. Pulso de Cambio https://www.pulsodecambio.org/columnas/disrupcion-tecnologica-mexico/

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